Como una burla del destino, para unos, o entendido como una reivindicación y defensa de los derechos, para otros, el pasado domingo 10 de diciembre, Día de los Derechos Humanos, falleció el ex dictador chileno Augusto Pinochet Ugarte.
Y este acontecimiento tan importante para la sociedad chilena, y para toda América Latina, dividió al país trasandino en dos posiciones demasiado antagónicas, caracterizadas ambas por dos sentimientos encontrados: la felicidad y la tristeza.
Por un lado, quienes se sentían felices con dicha desaparición, festejaban con bombos, pancartas y platillos.
Por otro lado, sus seguidores se encontraban inmersos en una profunda tristeza, pues consideraban al ex dictador como uno de los mejores presidentes en la historia de Chile. Algunos jóvenes, en su funeral, se acercaron a su ataúd y lo homenajearon con el tradicional saludo nazi.
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