Como una burla del destino, para unos, o entendido como una reivindicación y defensa de los derechos, para otros, el pasado domingo 10 de diciembre, Día de los Derechos Humanos, falleció el ex dictador chileno Augusto Pinochet Ugarte.
Y este acontecimiento tan importante para la sociedad chilena, y para toda América Latina, dividió al país trasandino en dos posiciones demasiado antagónicas, caracterizadas ambas por dos sentimientos encontrados: la felicidad y la tristeza.
Por un lado, quienes se sentían felices con dicha desaparición, festejaban con bombos, pancartas y platillos.
Por otro lado, sus seguidores se encontraban inmersos en una profunda tristeza, pues consideraban al ex dictador como uno de los mejores presidentes en la historia de Chile. Algunos jóvenes, en su funeral, se acercaron a su ataúd y lo homenajearon con el tradicional saludo nazi.
Desde el gobierno de la presidencia, Michelle Bachelet fue contundente en su posición pues decidió que Pinochet no se le concedieran los honores de un ex presidente.

Entonces, no tuvo un funeral de Estado, sino que fue despedido, simplemente, como un ex militar, en la misma sede de la Escuela Militar.
Sólo la ministra de defensa, Vivianne Blanlot, asistió al funeral en representación del gobierno. Fue abucheada y silbadapor los seguidores del ex dictador, quienes, además, además realizaron una férrea defensa del Golpe Militar de 1973.
En una tercera posición, que no está demasiado cerca de la tristeza ni del festejo, se encuentran las víctimas y los defensores de los derechos humanos, quienes lamentan que Pinochet se haya ido sin haber llegado a recibir sentencia en los casos en que estaba procesado.
fotos: http://www.clarin.com/diario/2006/12/13/elmundo/i-02501.htm y Diario La Nación