Existen inequidades que conspiran en detrimento de las principales necesidades, aquellas importantes, urgentes y que suelen ser ocultadas. A estas desviaciones "lógicas" de justificación mediática se le suman la fuerza inmovilizadora del aparato estatal. Para conceptuar esta problemática, hay que remitirse al desgaste constante con el que los ciudadanos ven esfumar las posibilidades de acción. Para puntualizar, las marchas y contramarchas son de completa asiduidad, a tal punto que se llega a desvirtuar la auténtica esencia, tergiversándose en la mirada fútil de las consecuencias. Explícitamente, la trascendencia no es el efecto incomodo que un piquete puede ocasionar a quienes ven alterada sus ya antes atareada vida, sino la procedencia implícita que lleva la medida. Así es, el hambre alimenta hastío, el que seguramente recae en una reacción, la cual produce a su vez rechazos que convierten la escena en cíclica conflagración de infortunados contra infortunados. A pesar de aquellas miradas hirónicas que intenta banalizar la escena, el pedido inplícito es igualdad para todos los ciudadanos, no un piquete navideño.
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